Sentarse en el centro
de una galaxia
llamada pinar
y sentirse aguja
que hace aire
piñas que esculpen
con sus cuerpos
lo que perdurará.
Quedarse bebiendo
miradas de lo verde
junto al tronco
que consagra
lo elevado
como seña a seguir
y volver del parque
con un cielo
de ramas
para ahuyentar
el encierro
de la indecisión
purificando
con el celeste
y algún blanco
que besa
las cumbres
de los árboles
la semana
que empieza
y por la luz
de los ojalá.


