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PERFUME DE LIMÓN

a Elizabeth

El emprender del agua

cura al agujero del alma

y lo sabe el ceniciento perro

que espera una caricia.

Por la fantasía de Miró

qué no daría,

qué no daría

por verla vencer

magulladuras de niños.

Sobrevolar el día

no tocar el suelo

saber transparencias

en los andenes del aire

ser perfume de limón

malabarista sin culpa ni queja.

Para que la noche

no deje de murmurar

dialecto de brasas

reveladoras de cómo llegar intactos

a la otra orilla.

El frío perseverante

nos da de a cucharadas

esa recóndita confianza

que esparce lo noble

de quienes desenojan

como manzanillas

el sitio de lo que vendrá.

Cómo no imitar

el monólogo del otoño

si con sus resueltos ocres

debilita lo confuso

y entromete por la cerradura

del descanso

sus cestas de gratitudes.

Gorrionar arenas como canto

para ser una oración del mar

con los ojos grávidos

en un vaivén curador,

el agua sabe cuando ser gota

y cuando inmensidad.

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