Parte de la obra mural de Jorge González Camarena
Presencia de América Latina en la Universidad de Concepcion, Chile.
A sorbos nos petrificó el espanto.
A sorbos de gallina nos aderezó la historia
con la ceniza de quienes pregonaban maizales.
Aquellos vigilantes del barro,
los que mercaban luces por resinas,
resinas por colibríes,
colibríes por esmeraldas.
Y así fue el desembarco.
Los caballos lanzaron arena a los ojos del bosque.
En las plazas, las trenzas de las doncellas,
remotos telares de la paz,
se fueron a la deriva,
y en su lugar brilló la moneda del engaño.
Entonces sucedieron los arrebatos.
El penacho de los templos vegetales se quemó,
el lustre de las cáscaras de naranjas
fue un disparo hacia las tiniebla
Fueron un lívido desbande las fiestas bordadas
con el bullicio de cueros, de lagos, de tambores.
Fiestas donde los pinos
goteaban la magia de los hombres,
y los ídolos barajaban la piedrería, raíz de montaña,
y los trajes despejados de codicia.
Fiestas donde colgaban racimos de arco iris
de las cabezas con plumas.
Alarma al hombro de cruces y labores extrañas.
Resuellos del pueblo con sangre de jaguar.
El derrumbe rasga las palabras ciertas,
los senos de cacao,
los brujos necesarios, los matices del sonido.
Y la defensa fue una improvisada barca,
confusa de regalos, de heridas inmóviles.
Al manto del guerrero inatacable
le dispararon tizones de locura.
Los girasoles conmovidos
lanzan sus flechas hendidas de siglos,
con la esperanza de encender el volcán.


