Fotografía Carmen Alejandra Ormeño
Era la máquina del dulce estar
ese de la brisa entre dedos
ajetreados por letras
que se salvaban
del tiempo intacto
en nuestros cuerpos
manuscritos de frescura,
ese estar en cada
golpe emocionado
frente a la escritura
imperdible de tintas
que secaron el absurdo
del olvido
ante el horizonte de papel,
donde la luna de los años
recordados sin dolor
aunque lo hubiere
amanecía rotunda
por el sol
de las pasiones
doradas tal panes
ahuyentando hambres
con poesía abierta
a lo impecable.
La máquina de escribir
nos leía presentes
al oído de un cuadro
tan bien pintado
que tras décadas
vividas en lo pleno
del cariño y las labores
por ser lo que somos
sería otra vez terminado
abriendo postigos
palabra tras palabra
entre figuras y abstractos
del color, de las luchas
a lo que vino
en cada renglón
y es el hoy
con lo propicio
para memorar
y seguir tecleando
hacia el rumbo potente
que otoña
y se refugia
en brotes que vendrán.


