Amo las luciérnagas
vistas en lo silvestre
que fue mi barrio
y alumbran letras.
Las mañanas decididas
que pasan por tu cuerpo
con los deleites
que te encumbran.
El oleaje irrespetuoso
a la orilla de esas piedras
que atraviesan
lo que narra mi rumbo.
La alegría de quienes
no te dan el peso
de sus vidas irresueltas.
Las plantas cercanas
que nos comprenden
con el albedrío
de sus idiomas.
El lomo de los libros
que calcinan
la ignorancia de libertad
del enemigo.
La bondad cristalina
que devuelve confianza
de mi perra vieja
llamada Aceituna.
El escuchar pájaros
con el oído
siempre precoz
que la poesía destina.
Y la escandalosa ternura
de la niñez en el hoy
siendo ahora
en la pizarra del encanto.
Amo la libertad
que sólo la música
de Beethoven
sigue escribiendo
desde antes y siempre
con manuscrita
por la sangre de volcán
que me recorre
y se amansa
en las estaciones
donde espero
ese tren que nos llevaba
adonde todo era feliz.


