Se va agigantando
como manos
que aparecen
en el contorno
de la historia
que nos inmortaliza
porque el verde
en sus dialectos
con los marrones
interrogan la presencia
de nuestros pasos
entre los pliegues
de su osamenta
y piedra a piedra
hoja a hoja
nos abren vertientes
en el horizonte
de lo único,
esa línea
que se conjuga
entre sinfines andinos.
Las cumbres
son intensos días
que no terminan
haciéndose noche
por la altura
donde el sol
toca la letra
de la luz
bajando al precipicio
de lo más puro
ese color del siempre
siendo tierra
en el romance
con la luna
y todo el cielo
abierto a ser.
La montaña
es la voz alta
del agua naciente
que nunca muere
porque baja
y vuelve a subir
a los encuentros
con las nubes
más osadas.
En ella se ve
tan lejos
la cercanía
de lo imponente
ese alfabeto
que atraviesa
lo hondo
de lo más elevado
y nuestras vidas
lo ven
como testigos
que nunca olvidan.
Allí se siente
el aire más cierto
esa sabia brisa
que late en rocas
impulsos y arrugas
de instantes y siglos
donde se acordillera
la eternidad.


