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El hombre que planta árboles

Ese hombre que planta árboles hunde la mirada en lo oscuro

y vuelve aprender de la tierra dándola vuelta.

Por eso lo veo desde esa quieta y pequeña ventana,

salir con la herramienta virtuosa, con la verdad serena

y cavar en lo más íntimo que escribe la vida.

Aquello que no se escribe.

Ese hombre que planta árboles tiene un credo

que sol desnuda la lluvia, el futuro,

y con él le da sentido al beso

que la mujer y el hombre custodian desde siglos.

El sabe que no hay fin para la piedra que espera,

para el agua que decide,

para el amor que se hace de madrugada intacto.

Se detiene en la sombra que vendrá

y desde allí enseña la música escuchándola,

apoyado en el tronco de ese mundo que crece por crecer nomás,

por acompañar y ser testigo verde

de aquella gente que sale a mirar el cielo

y se queda con estrellas en los bolsillos.

Ese hombre que planta árboles tiene el misterio

de la savia que empuja subiendo, iluminando.

Ordeña la fruta que dará vigor a su espalda,

deja su voz vegetal, ininterrumpida en los brotes de mi blusa

y como el pájaro negro en el aire,

noble de sonidos, erguido de mensajes,

empuña los huesos de poema,

cuando le toca la cara el sol que atraviesa

el bosque de los años.

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