loader image

ALFREDO

a Alfredo Ordoñez

Tu último juego

movió la pieza del partir.

Quizás alguna luz distante pero legible

te confió su orfandad,

y sin prisa 

como lagunero mirando estrellas,

fuiste a columpiar su soledad,

con tu manera de arbolar ternuras

en las grietas del desierto y sus espinas

o en los barrotes del hielo.

Cómo no ibas a consolar

al envejecido cisne de esa historia.

Y nosotros nos quedamos

con el zumbido indescifrable

que detuvo a tu nombre,

devorando al planetario de los huesos

peregrinos y mansos

de todos tus sueños.

Sospecho que con el revés

de algunas lágrimas

de la noria que volvías nube,

recordabas, palpitabas y escribías

los badajos de lo anónimo,

maderámenes del pueblo.

Así, serena, la geografía de tus años

se quedó en el campanario de la añoranza.

Aún nos subimos al día,

en que con íntimas y certeras alas,

tu último vuelo sucedió.

Permanece en la greda de la memoria

la silueta de lo que intestaste

amarrando sonrisas,

para que el galopar de los gestos

atravesara torres de mezquindad

y se atreviera a ser color

en el templo de los colibríes.

Había que curar a tanto jazmín desangrado

y vos sabías cómo,

sencillamente soplabas versos,

sí, soplabas versos.

Share This