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LA NEBLINA

La neblina no comprende

no quiere hacerlo.

En el camino tapa los ojos

y sólo adivinamos el después.

Ella es escenario de lo oculto.

Nos niega los nombres

de la mirada

y vamos por sus vapores

en busca de la rosa blanca

con el traspié que no ocurre

pero que sentimos

en el epicentro del temor

que suele identificarse

cuando ya fue.

La neblina,

novia de lo nublado

recupera el dominio de un mar

que nos jarilla en ese arcón

donde se pliega nuestra identidad.

Es latido húmedo

que bebe del aire

y moja la piel de la incertidumbre.

Cabellera de una líquida desolación,

la tosca manera

de allegarse a nadie,

esa bandera que esconde

lo emergente

para hacerlo aparecer como un gigante

de golpe

ante la sorpresa,

imprudente resucitadora

de lo impostergable.

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