Ponerse los colores
hasta en las arrugas
bien trazadas
por ser
piel de árbol
al vivir con raigambre
en las señales
de la savia
y sacarle punta
a cada tonalidad
que nos respira
junto al oído despierto
ante los trazos del silencio.
Ser arcoiris
de los sosiegos
y de las mareas
que fortalecen
el paso del sinsentido
pintando el detenerse
en el crisol
donde está seguro
el encuentro
entre anversos y reversos
del mundo
que seguiremos
poniendo patas arriba
para salvar
lo negro y blanco
guardado en el prisma
de los sentimientos.


