El Nono tuvo un triciclo
como se tiene una conclusión en versos,
un frutal en el patio donde hallar el agua
para nuestra visión tantas veces espantada,
como la clara máquina que por las tardes
cose la blusa que será brisa
y traerá en el lomo fragantes sucesos de amor.
Él aprendió por su padre la ternura al revés.
Fue un náufrago entre la leña
del pueblo sonoro de acequias,
vigoroso de espárragos.
Las tres ruedas del verde honor
cargaban con la constancia del recuerdo,
al niño cautivo en el frío perpetuo
de aquella partida que no pudo callar.
Fue un tajo hondo en el río de los pensamientos.
Retratada junto a los castaños del consuelo
su madre obró lejanías
para mitigar el ahogo de la muerte.
Su triciclo confió en la señal
de aquella boina gris,
lumbre tibia de los últimos años.
Andando distrajo al orden cruel,
que sólo se desnuda
en la triste alcoba de la vejez.
Recorrió su sangre por el círculo sureño
ida y vuelta arbolando los días,
extraviando dulzores dorados.
Sin adeudar esperanzas
cada madrugada se brindó
a las brasas del trabajo,
dio hinojo a los conejos
y el abrazo con los pedales
repartió su historia
como medialunas calientes.
Sólo olvidó acariciar a ese cielo
que trajinaba por un romance salvador,
con quien cuidó el tiempo de la levadura
y de cada tejido,
un asombroso salto quizás de rosas.
El Nono tuvo un triciclo
como se tiene a la vida
en las cuerdas vibrantes de un violín,
en el pino que deja huellas
siendo el cronista de quien lo plantó,
la vida en el hallazgo de quienes cumplidamente
toman los mates de la franqueza
y en la espera de quien se debe despedir.
Tuvo un triciclo.
Una mañana lo encontró en llanta,
no pudo con la pena,
cargó a su laborioso amigo
y le dio aire.
Su corazón comenzó entonces
a pedalear el adiós.


