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El Único Tren

a mi Padre

El único tren que nos está quedando.

El de la memoria.

Lo que fuimos.

Se lo escucha

por aquellos fundadores

de veredas férreas,

quebrachos en fraternidad

con vapores del porvenir,

azules ferroviarios

que fraguan desde un pasado siglo,

el destino honroso

que le dio sentido de país al país.

El despojo descarriló

faenas, estaciones, encuentros,

hasta el regazo de la esperanza.

Pero el pasado enciende,

nombra y asombra.

Es un ramal inclaudicable.

El único tren que nos está quedando.

El de la identidad.

Lo que somos.

Ella se horneó en las herrerías

de aquellos obreros,

prodigiosas lumbres de unidad.

Cómo no escribir el heroico viaje

de esas épocas en que la hombría

bajaba barreras a la opresión.

Porque desde las cumbres

de esclarecidas locomotoras,

desde los talleres del esfuerzo

y la conciencia de horizonte,

los forjadores de historias andantes,

los azules ferroviarios

tocan silbatos y campanas.

Se apresta a partir

el único tren que nos está quedando.

El de lo cierto.

Lo que ocurre y ocurrió.

Pasajeros de estas tierras

hay señales, mensajes inconfundibles

que atraviesan tiempo y distancia.

La cretina quietud de las vías,

la ruina de motores

en el vagón miserable de la entrega,

el abandono de pueblos

que izaban lo cotidiano

con el ir y venir de los trenes,

los brazos del ajetreo, hoy deshabitados,

la soledad, el desamparo,

los relojes sin oficio…

Cuánta carga esperando

en el andén de la desidia.

Cuánta razón para echar a andar

lo que debe ocurrir.

El único tren que nos está quedando.

El de la dignidad.

Alfonso Bruccoleri

Alfonso Bruccoleri tiene 83 años y sus recuerdos están estampados en una foto amarillenta e imaginaria donde lo único que ve es el paso del tren. El tren no ha vuelto nunca más a pasar, pero él sigue insistiendo que esa figura gigantesca que se recorta en el horizonte trepidando por los rieles del tiempo es el viejo y querido tren con quien transcurrió gran parte de su vida.

Como todo a ex ferroviario, a quienes les lastima lo que hicieron con el ferrocarril en la Argentina, a don Alfonso Bruccoleri le duele más ver amontonados en los antiguos talleres y depósitos los restos mortuorios de aquellas viejas máquinas a vapor olvidadas y desechadas, nada menos que ellas que fueron las que abrieron los caminos del progreso a lo largo y ancho de la patria, las que ayudaron a fundar pueblos a la vera de las trochas, las que llevaron a centenares de criollos e inmigrantes a lejos parajes de la Argentina a sentar las bases de la otra soberanía nacional.

Don Alfonso Bruccoleri, hijo de italianos que también ayudaron con su esfuerzo al país que los había recibido con los brazos abiertos, anduvo por los caminos del riel durante 40 años, conoció las vicisitudes y las alegrías y se sintió y se siente orgulloso de lucir el pomposo título de ex ferroviario.

Trabajó en los talleres del ferrocarril en diversos puntos de la Argentina: en Palmira y en Junín(Buenos Aires). Años después, es nombrado jefe de zona de la División Tracción, que controlaba las zonas de San Juan, Palmira, Monte Comán y Pedro Vargas, y lo hizo con ese fervor del hombre que supo cuidar el patrimonio ferroviario porque sabía que mucho nos había costado a los argentinos retornarlo al patrimonio nacional. Ya en su serena ancianidad recuerda cuando trajo a San Rafael junto con otros empleados del ferrocarril la querida locomotora 315 emplazada en la plazoleta del Inmigrante frente a la Rotonda de la Bandera en la más que centenaria estación de nuestra ciudad.

En una carta enviada a su “querida familia” residente en San Rafael Alfonso cuenta que “fue la primera que llegó a San Rafael en 1903 y con su instalación este acto formó parte de los festejos del cincuentenario de la ciudad que se celebró en 1953. Por favor entreguen estas fotos a las chicas con todo cariño y que me perdonen la demora, ya que tuve que revisar más de 4 mil fotografías de mi paso por el ferrocarril”. El tiempo ha pasado y don Alfonso, con sus 83 años, se ha refugiado en los hermosos recuerdos que le dejó su paso por el trabajo del riel. Seguramente que el día que escuchó el último pitazo del adiós del tren un lagrimón se le habrá escapado en medio de la paz solariega de su casita. Hoy solamente le quedan los testimonios de viejas y amarillentas fotos y algún que otro abrazo con sus viejos amigos con quienes a veces vuelve a compartir recuerdos del ferrocarril como en los tiempos idos.

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